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El invierno fue muy crudo en ese año. Las noches, tan largas, frías y solitarias, predisponían a la introspección. Apenas me había dado cuenta de que en México comenzaba a crecer algo a lo que llamaban “movimiento oscuro”. Empecé a descubrir a esos jóvenes que se vestían de negro y hacían cosas que para mí eran ya historia antigua, pues yo las hacía a principios de los ochenta. ¿Les interesaría lo que yo escribía? Yo pensaba que no. Al mismo tiempo fui descubriendo una música siniestra y melancólica proveniente de Europa: Elend, Die Verbannten Kinder Eva’s, Shadowcaster, Wongraven, Shinjuku Thief, Ordo Equilibrio, Monumentum, etcétera. Mi imaginación se desató como una bestia que había sido encadenada esos años, pero que al fin quedaba en libertad. Así nacieron Infernalia y El Evangelio de los Vampiros. Del Evangelio me ocupo en el Volumen IV del fanzine. Aquí estoy tratando la historia de Infernalia. Harto de aquella visión de teatro bar y en atril, decidí tomar el control de la producción y hacer un espectáculo como yo quería, algo contestatario, catártico, intenso, alucinante y enloquecido. Qué mejor título que Infernalia. No por el infierno cristiano, sino por los infiernos mentales y de temores universales de la humanidad, por el lado oscuro de la vida, la historia y la mitología, por el sarcasmo y el horror. Infernalia le cantaría a la maldad material y metafísica, se burlaría de los hipócritas, los mojigatos, la familia, y la falsa y superficial belleza; Infernalia sería una extensión de mi mente y de mi alma. Fácil de decir, difícil de hacer. Lo más fácil fue escribir el libreto. Ahora tenía que integrar un nuevo equipo, y hacerles comprender este nuevo concepto, más siniestro y oscuro que “Memorias del Abismo”. Tenía que imbuírlos en la atmósfera de esa música extraña y maravillosa que ahora acompañaba mis días y sobre todo mis noches. La oscuridad fluía por mis venas, y había que transfundirla a mi nuevo equipo. Llamé a Héctor Ulloa, sobreviviente de Memorias, y aceptó entusiasmado la coreografía y la participación como actor bailarín. Lo que procedía a continuación era el casting. ¡Terrible procedimiento! Pasaron tres meses sin que encontráramos a nadie idóneo. Recuerdo que uno de los aspirantes no pudo decir ni siquiera la primera línea de “Himno del fin del mundo”. Otro era un cubano que decía “Rebelión Uno” como discurso de Fidel Castro. Otro más llegó sólo para decirnos que había leído el libreto, que se lo había enseñado a su confesor, y éste le había recomendado no unirse a un proyecto tan hereje y contrario a la moral y las buenas costumbres católicas. Fue cuando tomé la decisión de actuar en mi propio espectáculo. No estudié actuación, ni tengo que ver con la cuestión actoral, pero al menos yo sí entendía el concepto de Infernalia (¡faltaba más!) y al menos sabría qué entonación e intenciones dar a los textos. Llevábamos cuatro meses buscando gente cuando, casi al mismo tiempo, acudieron al casting Martha Flores y Hugo Austria, ambos actores-bailarines de gran talento, maleables y con deseos de participar en un proyecto tan diferente e interesante como ese. Aunque tardaron en conectarse con el concepto, una vez que lo hicieron aportaron su talento y energía en gran manera. Sólo cuatro seríamos en escena, pero estábamos decididos a hacer el ruido de diez. Al mismo tiempo, formé el equipo técnico, el cual era de vital importancia, dados los requerimientos del espectáculo. Era curioso que los actores fuéramos cuatro y, el equipo de staff, doce (la gente detrás de las paredes). Programé la primer fecha para el 23 de octubre y aproveché que, como veterinario, asistía con frecuencia al programa de Leonardo Stemberg, para promocionar Infernalia. Leonardo me apoyó también como escritor, lo cual debo agradecer. Faltaban quince días para esa función. Teníamos un gran entusiasmo, pues sabíamos que teníamos entre manos un espectáculo intenso y diferente a todo lo que había en cartelera en ese momento. Las versiones Infernalias de “El Bar del Cangrejo Rojo”, “Ciberespacio”, “El espectáculo más cruel bajo la tierra”, “Rebelión Uno”, y “El monstruo del Armario”, pulverizaban a las mustias versiones new age y rumberas de “Memorias del Abismo”. Además había un texto que acababa de escribir: “Muere, dulce bebé”, que había visualizado para que lo interpretara Martha con un enano. Al no encontrar ninguno, Héctor, que era de baja estatura, fue lo más aproximado, y ambos echaban chispas en su interpretación. Me encantaba “Muere, dulce bebé”. Era lo más dramático y siniestro que había escrito en mucho tiempo. Estábamos seguros de que Infernalia podría gustar o no, pero que de seguro desataría polémicas y no pasaría desapercibido. Esos quince días para el estreno nos parecían eternos. Entonces ocurrió un desastre tras otro. Héctor enfermó de neumonía. Martha sufrió una caída y se hizo una fisura en el antebrazo. Hugo tuvo varios problemas personales. Y a mí... el huracán en turno tiró el techo de la entrada de mi casa. Tuve que gastar tanto en remover escombros y colocar otro techo que estuve a punto de cancelarlo todo. Parecía como si algo o alguien quisiera impedir el montaje del espectáculo, como si quisieran matar a Infernalia antes de que naciera. Afortunadamente, mi equipo actual no era de yuppies, sino de artistas comprometidos con un proyecto en el cual ya estábamos obsesionados.
Y así llegó la fecha del estreno. Héctor se presentó con treinta y ocho grados de temperatura; Martha, todavía con un vendaje; Hugo dejó fuera del escenario sus problemas y yo salí de mi casa aún en ruinas para levantar otra construcción, la de un espectáculo oscuro. La Carpa Geodésica estaba llena a reventar, gracias a que Leonardo diariamente nos había hecho publicidad. El noventa por ciento del público lo conformaban sus radioescuchas, y el diez por ciento, invitados nuestros. La gente estaba hasta en los pasillos. Desde luego, la entrada era libre, igual que en aquella primer función de Memorias. Pero esta vez, el ambiente se sentía diferente. Mucha expectación, interés... La recién integrada al equipo Bertha Leyva me había confeccionado una hermosa capa negra, y por poco no llega para entregármela. Se presentó un minuto antes de la tercera llamada. Apenas terminamos de maquillarnos. La adrenalina estaba al máximo. Dimos la tercera llamada, se apagaron las luces, el humo llenó el escenario...
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