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Cuando Gerardo y yo salimos a la calle no le mencioné una palabra acerca del libro, pero entendí que ahora la guerra se había extendido a guerra de libracos, así que pensé que la próxima vez que me dejara caer para emborracharme en casa del tonto Legorreta, (un homosexual canoso de treinta y seis años que yo mismo le presenté a Gerardo para que tuviera donde bañarse porque diablos, como apestaba cuando le daba el sol de las cinco de la tarde). En verdad se lo presenté para que tuviera donde dormir y ya no se durmiera en mi casa, porque estaba harto de que diario aterrizara en mi casa y trajera gente rara y loca todos los fines de semana con el pretexto de: "Hermano, pero si Pedro Parga es el cuartel general." O: "Hablaremos de Joyce, de literatura..." Una vez trajo a la casa un piloto de helicóptero con aires amanerados y gorra de Jean Paul Belmondo que en verdad era todo un personaje de novela: "Vivo en Guadalajara... sabes, tengo un Sikorsky y en la noche doy de vueltas patrullando, así le dicen, je, je, el gobierno se caga de miedo con este asunto de los zapatistas." Y también le había comentado a Gerardo que si por el concepto de renta Legorreta quería algo de sexo que el nomás se dejara y no opusiera resistencia, y me contestó: "¿Qué, le sobo las patitas?" (seriamente), "Ja, ja, ja, hey Pantera, eres un pinche personaje!" “¡Pus qué pedo brother?” Y ya estaba decidido que cuando fuera a casa de Legorreta le sustraería a Luis ese libro tan preciado por el de Raymond Chandler, pero en ese momento solo pude desquitarme de lo de mi libro de poesía persuadiéndolo con matices de que se invitara las cheves en la tienda del loco.
Después nos separamos, Gerardo se va a la santa misión y yo me voy hacia el centro. Al pasar por la tienda de discos oigo distorcionadamente: "SERÁN LOS DIOSES OCULTOS O SERÁS TU, SERÁ UNA DECISIÓN MORTAL." Sigo caminado con la mano izquierda en la bolsa del pantalón y durante los próximos días solo pienso en Guerda y en Guerda, en nuestro besito, huy huy huy en esos labios, resecos y gruesos de comisuras finas, hasta me imagino que al dar la vuelta en una esquina puede ser que me la encuentre, que la invite a tomar un café, dar una vuelta o algo por el estilo.
Fue hasta el siguiente jueves, en la noche, estaba en mi depto escribiendo algunos textos y leyendo la Inmortalidad de Milan Kundera cuando se aparecieron para buscarme y pedirme unos poemas que según dijeron aparecerían en una revistucha preparatoriana (un fanzine), unas chavitas de mi escuela, tres chavitas para ser exacto, una hija de un pintor y otras dos que tenían cara de susto. Su llegada me provocó tal flojera que destapé una cerveza, les ofrecí café, me dijeron que no diciendo pausadamente "no gracias" a excepción de la hija del pintor que para demostrarme algo me pidió una cerveza y se la di. Después cuando ya se iban con algunos de mis sagrados manuscritos (copias), quienes no fueron los que se aparecieron entonces sino Guerda y el Pantera, que como la puerta de la calle estaba abierta se metieron hasta adentro gritando y jaloneándose muy activos y muy locos -muy cercanos-, lo que por supuesto me ocasionó comezón en los codos y algo de celos furiosos, solo dije irónicamente: "Uy, uy, que bandota no? ¡pero de apaches! y vestiditos de negro además, los dos muy darks no?"
Y al oír mis palabras, los dos batos nada más se sonrieron con malicia, entre dientes, como si a propósito me ocultaran algo que yo debería de saber.
Las niñitas se despidieron a distancia con los manuscritos, atemorizadas con este mini contingente de locos, Gerardo me señaló con el dedo: "¡Que bueno que ya se van morras, ustedes no saben como es este de tiburón!" "¡Adiós!" Cuando se aseguró de que ya no escuchaban, recargó el codo sobre la mesa y con la mano abajo de la boca preguntó: "Que... son tus nuevas amigas o tus nuevos ligues?" "Hay maestro no seas, no te atemporizes güey, vinieron a pedirme unos textos, acababan de llegar." Pero este par de marmotas echaban nada más sus risitas lentas y ambiguas, me les quedé viendo como si deveras fueran apacs hasta que se callaron. Me di cuenta que venían grifos.
"¿Qué honda, ustedes ya vienen bien grifos no?"
Dijeron que venían de ver París Texas y que antes de entrar a la sala se habían atizado. "No... no mames hermano, el cine pacheco es una experiencia de primer nivel maeeestro... (acentuando 'maestro' con su voz rasposa de iguana empleada solamente en los grandes momentos), uish uish.... no te la pierdasss..." Y a esta expresión le siguió un raro y aburrido silencio de laguna que me hizo pensar que-ellos-pensaban que me estaban haciendo un favor al venir a buscarme, por lo que simplemente opté por no decir nada, encendí un cigarro y fumé aventándoles el humo encima de las caras. Estábamos sentados en la mesa de modo que parecía ser un despacho al cual ellos vinieron a hablar conmigo, Guerda lo notó también porque echó una hojeada al reguero de la mesa, volteó a verme, volvió a mirar la mesa y dijo: "Y qué.. te sientes muy jefe no?" Lo que me pareció una frase rara y bastante fuera de lugar, sobre todo porque era lo primero que decía desde que los dos habían hecho su entrada espectacular, así que traté de quitar ese nefasto aire de indiferencia y dije: "Este... sí, sí, soy jefe de todo esto." Con la mayor elocuencia, a lo que me contestó en el mismo sentido: "Pusss bueno...-y en voz baja-, ahí la llevas." Y los dos soltaron una carcajada que me sonó horrible, casi monstruosa, corrupta, en un segundo los odié a muerte porque no entendí de qué carajos se trataba ese plan tan nefasto que traían. Me callé y volvió el silencio de laguna después de su risotada, (oye Guerda, no te manches, porqué me dijiste esa cosa tan culera? pensé, pero como la mujer empezaba a interesarme no lo dije y preferí aguantarme, -las tripas me rugieron-, una cosa que no se debe hacer aguantarse algo así, pero bueno, entonces tendría que esperarme un poco). Gerardo se levantó el sombrero y trató de ser franco conmigo: "Hay,hay, hay... pus bueno hermanito, qué, cual es el plan?" No lo miré: "Pues nada,nada güey"
"Hay una tocada en la Cobacha, -dijo- va a tocar Espiral, un grupo que se avienta sus buenos blues, que yo sepa es lo único decente del rock hidrocálido,tiiing,tiiíng, el feeling... como hace rato en la movie, te acuerdas ?" "Sí" Dijo Guerda. "No vas?" "¿En ese antro?" "Pus sí güey, aquí no estamos en París, aquí es el blues." "jm...pinche güey." "Vamos, ándale." Me dijo Guerda con voz débil que me entró al corazón como algo masacotudo y blando que me provocó tristeza y me hizo sentir cansancio. "Sí, vamos." Dije triste después de un rato, odiándome a mí mismo.
Entonces salimos a la noche de la calle, bajando hacia el centro por calles llenas de tráfico y escaparates. Con las manos en las bolsas del pantalón y un ojo cerrado, yo iba unos pasos adelante escuchando melancólicamente que Guerda iba muy feliz con ese bastardo, contándole algunas experiencias de la sierra con mucho entusiasmo: "ahí en la sierra güey, en la noche no se ve ni un pelo... obscuridad total no? y después que comimos el peyote uta ca..ón, como que..., como que entendí toda mi vida..." (a poco tú puedes entender algo retardada? me atacaban los celos) "...la niñez, la infancia etcétera, como si pasara todo delante de mí con mucha fuerza no? ...como un tren de fuego, acá, y después puuuuta, que me llega el miedo..." "Qué debraye." (Gerardo), Guerda se paró enmedio de la calle para decir: "Y luego que sale un coyote...: auur, auur, y yo friqueadísima." "¿A sí?" Caminando ya cuando dijo lo siguiente: "Gritándo: ¡Emilia! ¡Emilia! Y la güey quien sabe donde estaba, y yo: en la madre... me arrastré en el suelo, me paré, y ¡Emilia! ¡Emilia! Y de repente que siento una mano en la espalda y ¡ay güey! era ella." "Qué loco maextra." (Gerardo animándose), "Y que me dice ¿dónde estabas? Y yo: pus aquí, ¡aquí güey! Y nos atacamos de risa, eso estuvo loquísimo."
Luego siguieron besándose y caminando abrazados, los dos de negro haciendo juego muy a tono con esta era del smog y la mugre y Guerda juguetona y muy feliz mientras el gran Campbell, el terodáctilo, el deprimido, el aquí no más, veía mis lindas imágenes del futuro y del futuro que había soñado con Guerda que se hacían pedazos, sus risas me lastimaban, sus voces, los ruidos del tráfico, todo se iba yendo a la chingada cuando cruzamos la avenida 5 de mayo y pasamos esquivando la masa de gente que se arremolinaba para subir a los camiones, las parejas de rucos torpes, las parejas de jóvenes torpes y sonrientes, el olor a tocino y salchichas carbonizadas de los puestos, -la nada en el aire-, el incienso de los hippies, un domador de pulgas australianas que tenía un palillo en la boca y les gritaba a sus pulgas: "ja, ja, ja, pulguitas.... ¡Ahora tendrán que pagar! Ja, ja, ja." (como te dicen cuando caes en la Tierra del Nunca Jamás y piensas que debiste haber sido bueno, no contradecir nunca a mami y a papi, ser buen hijo, buen trabajador, buen creyente y un mejor ciudadano... ¿Quien a vuelto con vida de la Tierra del Nunca Jamás? ...solo yo... que soy el más triste de los que están aquí.) Todo esto ahí en la calle, los periódicos que no se han vendido y las revistas de pornografía hard core envueltas en sus plásticos, el olor a vómito, el olor a farmacia, a sudor, a mal aliento, a revelado fotográfico, toda esa putrefacción de la vida que entonces me parecía más auténtica, más verdadera y asquerosa, ya cuando tenía una joda emocional tremenda llegamos al antro.
Afuera había varios grupos de rockeros, divinas musas, (recién bajadas de alguna calabazota), chavos platicando con sus risas maliciosas de babosos y de transas, unos en bola quemando un churro aventándose a modo de juego sobre los autos y los tamborazos y los sonidos rasposos de las cuerdas de guitarra que provenían del piso de arriba se escuchaban en pleno. Entramos furtivos al viejo edificio de adobe; en la planta baja estaban los baños, una sala espaciosa y hueca y una gran manta negra sujeta de unos clavos en el yeso con Robert Smith con los pelos parados congelado en su tristeza perpetua. En la recepción saludamos a la niña de los boletos y ellos pagaron sin chistar las entradas, por lo menos ellos pagaron, chingada... me sentía tan furioso y triste que lo hubiera podido echar todo a perder para siempre. |